Hablar de inteligencia artificial implica aceptar que cualquier afirmación puede envejecer mal en cuestión de meses, semanas, ¿horas? El avance es tan acelerado que lo que hoy parece una certeza mañana será obsoleto. Aun así, vale la pena detenerse a pensar hacia dónde nos está llevando esta explosión constante de nuevos hitos tecnológicos.
¿Vamos hacia ese futuro esperanzador que prometen las grandes corporaciones de IA generativa —donde un asistente 24/7 optimiza nuestra vida, nuestro trabajo y nuestra creatividad— o hacia escenarios mucho menos amables, como que en un futuro no muy lejano nos persiga un dron cuadrúpedo con un lanzallamas en la cabeza, con la última actualización de software de IA, para desplazarnos de donde vivimos y quedarse con los recursos naturales? Las promesas suelen venir envueltas en discursos de eficiencia y progreso, aunque no siempre con los mismos estándares éticos con los que se nos presentan sus productos.
Sin irnos a distopías extremas, hay un terreno mucho más cercano y urgente: el trabajo creativo y, en particular, el diseño. La narrativa dominante nos dice que, gracias a la inteligencia artificial, podremos hacer más y mejor en menos tiempo y con menos esfuerzo. La contracara de esa promesa es la amenaza —explícita o no— de la desaparición de roles y oficios, no porque la IA haga un mejor trabajo, sino porque hará uno más barato.
En paralelo, empieza a emerger una estética reconocible y preocupante: imágenes, videos, textos y audios que se parecen entre sí; planos, genéricos, intercambiables. Contenidos que repiten patrones entrenados sobre enormes volúmenes de datos, sin claridad acerca de cómo funciona la máquina por dentro y a quién explota. Surge entonces una pregunta incómoda: ¿realmente queremos consumir marcas, historias y experiencias construidas desde la repetición automática de lo que ya existe?
Este no es un debate entre estar a favor o en contra de la inteligencia artificial. Ese punto ya quedó atrás. La IA está aquí y ya está siendo utilizada por todos. La pregunta relevante es cómo la usamos y qué expectativas estamos construyendo alrededor de ella. Una de las más dañinas es la idea de que basta con escribir un prompt para “crear una marca”.
Esa promesa es peligrosa porque elimina de la ecuación lo más importante: el proceso. El recorrido que va de la idea al resultado final. El análisis, las decisiones, las renuncias, el contexto y, sobre todo, el criterio. Sin criterio no hay marcas valiosas, solo resultados rápidos que no le importan a nadie más allá de su bajo costo.
Diseñar —con o sin IA— sigue siendo una responsabilidad. De diseñadores y también de clientes. Implica construir mensajes honestos, coherentes con un propósito real, que nacen desde adentro y no desde lo que una herramienta sugiere como “óptimo”. La inteligencia artificial puede ser un apoyo poderoso, pero no debería convertirse en quien decide qué decir, cómo decirlo y por qué decirlo.
Delegar completamente esas decisiones a plataformas controladas por intereses ajenos es renunciar a la posibilidad de construir sentido propio. El futuro no se moldea obedeciendo ciegamente a la tecnología, sino usándola con conciencia, criterio y responsabilidad.